Érase una vez un diccionario disléxico que no conseguía ordenar sus ideas por orden alfabético porque era incapaz de recordar el abecedario. No solo eso: en su orden, a veces cambiante, entrópico, repetía letras a su antojo y se divertía ordenando sus palabras contenidas en un nuevo orden, el palábrico. El abecedario era caótico, aleatorio, difícil de recordar, no tiene ningún sentido que la primera letra sea la A y la última la Z, ¿por qué?
El orden palábrico era mucho mejor y el diccionario no tenía nada en contra de la repetición de contenidos o de repartir las palabras de cada letra en tantas veces como apareciera en una palabra.
"Wenceslao, el jovenzuelo murciélago hiede a kebab porque toca el xilófono del ayuntamiento". Ahí están contenidas todas las vocales y consonantes, ¿por qué utilizar el orden de un insípido alfabeto?
A veces también ponía las palabras al revés. Le gustaban mucho los palíndromos, se convertía en un diccionario capicúa. Qué diversión!
Era un diccionario caótico y poco práctico, y los lingüistas lo censuraban, pero a él la RAE no le gustaba tampoco. Sus diccionarios, RAEles, REALes, le miraban con desprecio, y lo que es peor en un diccionario... le insultaban!! Uno llegó incluso a decirle una expresión malsonante.
Un día se hartó de las burlas y se quedó en blanco. Y en silencio. Así enseñó a la gente que lo consultaba a meditar, que no es otra cosa que olvidar las formas y dejar la mente en paz.
En la foto: el mismo silencio, pero en negro.

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