martes 27 de diciembre de 2011

La rebelión del disléxico

Érase una vez un diccionario disléxico que no conseguía ordenar sus ideas por orden alfabético porque era incapaz de recordar el abecedario. No solo eso: en su orden, a veces cambiante, entrópico, repetía letras a su antojo y se divertía ordenando sus palabras contenidas en un nuevo orden, el  palábrico. El abecedario era caótico, aleatorio, difícil de recordar, no tiene ningún sentido que la primera letra sea la A y la última la Z, ¿por qué? 

El orden palábrico era mucho mejor y el diccionario no tenía nada en contra de la repetición de contenidos o de repartir las palabras de cada letra en tantas veces como apareciera en una palabra.

"Wenceslao, el jovenzuelo murciélago hiede a kebab porque toca el xilófono del ayuntamiento". Ahí están contenidas todas las vocales y consonantes, ¿por qué utilizar el orden de un insípido alfabeto?
A veces también ponía las palabras al revés. Le gustaban mucho los palíndromos, se convertía en un diccionario capicúa. Qué diversión!

Era un diccionario caótico y poco práctico, y los lingüistas lo censuraban, pero a él la RAE no le gustaba tampoco. Sus diccionarios, RAEles, REALes, le miraban con desprecio, y lo que es peor en un diccionario... le insultaban!! Uno llegó incluso a decirle una expresión malsonante. 

Un día se hartó de las burlas y se quedó en blanco. Y en silencio. Así enseñó a la gente que lo consultaba a meditar, que no es otra cosa que olvidar las formas y dejar la mente en paz.

En la foto: el mismo silencio, pero en negro.